ROBOS

Publicado por Roberto




para jorgito, en su cumpleaños número 3x


El primer robo fue el más insignificante de todos. Tan así que la pareja tardó semanas en percatarse de la desaparición del objeto. Mi amor, dónde está la pimienta. Ahí, al lado de la caja azul con velitas adentro. Ah, si, ahí está la pimienta, pero tu caja no está. Imposible, la dejé ayer ahí, no pudo desaparecer. No está en este mueble. Es prácticamente imposible, debe estar en algún lado. El problema fue que no estaba en ningún lado, lo que causó una volátil extrañeza en la joven pareja. Realmente nada podía desaparecer de esa casa, nadie entraba a ella, salvo ellos dos. Ni amigos tenían, más bien, no eran de esos amigos de casa sino de los ocasionales, de la oficina, de la escuela, del pasado. En unos días, después de la curiosa desaparición de las velitas y del efímero escándalo familiar desatado por ellas, el hogar volvió a la urbana calma cotidiana.


Por lo general se veían felices. Tenían un gato gordo. Regalón, amarillo y flojo. Su rutina era simple: por las mañanas jugaba con una bola de lana, por la tarde dormía y se lamía las distintas partes del cuerpo, hasta que en la noche salía a hacer sus rondas regulares de reconocimiento. Los dueños guardaban la comida del gato en antiguas y anchas botellas de vino. Los viernes llegaba él con tres kilos netos de croquetas balanceadas con forma de pescado, al día siguiente tomaba la bolsa y la repartía en las botellas, cediéndole al gato el honor de probar las primeras croquetas.


Un viernes desaparecieron los tres kilos. El sábado en la mañana él se dirigió al cuarto de la lavadora, aún llevaba su camisa nocturna y el pelo desordenado. Buscó la bolsa pero no tardó en darse cuenta de que era inútil hacerlo. Miró extrañado el cuarto. Tomó lista de la realidad, reacomodó algunas cosas, pero no hubo caso. Desapareció el alimento del gato. Pese a estar seguro de que la noche anterior había entrado con la bolsa de comida, pensó: ya compadre, saliste del trabajo, te subiste al auto, esperaste a que se calentara el motor, viste la foto de tu pecosita bonita, te acordaste del gato, pasaste a la tienda, esta vez estaba el viejo: lo de siempre, los tres quilitos, ahí estamos, chao, chao, llegaste a la casa, entraste el auto, tomaste la bolsa, cerraste, sonó el tu tu de la alarma, fuiste al cuarto de la lavadora, dejaste la comida en el suelo, fin. No había sido su culpa.


¿Entonces de quién? Le dijo suavemente ella mientras su rostro se mezclaba con el fugaz vapor que salía de su taza. No se, pensé que quizá el gato había sido. Nuestro gato no tiene cara de haber hecho maldades. Éste los miró con despreocupación mientras lamía una de sus manos que luego se pasaría por la cara. Si lo se, pero es extraño, ¿no te parece? En realidad ya se por qué le echas la culpa al gato. ¿Por qué? Porque no se te ocurre otra cosa.


Amparados por la teoría del gato cleptómano buscaron la comida por toda la casa de recién casados. Registraron una y otra vez los lugares que el gato se había apropiado. Luego optaron por revisar la casa entera. Cuatro veces lo hicieron en extensas jornadas de cuatro días. La comida no apareció por ningún lado. Él no durmió en dos noches. Al tercer día fue a hablar con gitanos.


A los días de la inútil desaparición de la comida se perdieron tres cosas de la sala de estar: una lamparita barata pero sentimental, una señora gorda de porcelana que guardaba tuercas y tornillos en su interior y un cenicero blanco con un copihue en el centro. De un día para otro la sala perdió su gracia. Ella, luego de levantarse un lunes por la mañana, la miró y sintió un profundo desapego del mundo. No sabía por qué. En el trabajo pensó en los planetas y en la vida. Cuando volvió a casa, él le dio la respuesta: mi amor, se perdieron tres cosas. Y enumerando con sus dedos dijo: la lámpara, la mona amarilla y el cenicero de Chile. Imposible. El gato tiene su coartada. Y dudamos de él, pobrecito. Lo cierto es que alguien se está robando las cosas… o algo. ¿Algo? Por favor, alguien es el culpable. No me mires así. No te miro así. Creo que a esta casa le falta seguridad, resulta que ahora entra cualquiera y roba cosas insignificantes. Algo haremos, mi amor.


Por mucho tiempo los sueños de él fueron monopolizados por la idea de instalar una alarma y unos sensores conectados con alguna prestigiosa empresa de seguridad. En su primer sueño (que luego se repetiría en distintas versiones) él se levantaba de la cama y caminaba hacia la cocina. Cuando pasaba por el pasillo la alarma se activaba y él no podía encontrar el panel para apagarla. Pronto llegaban los vecinos, luego la policía y en la calle se producía un griterío indescriptible. La variante más radical del sueño de la alarma era un juego. Él debía esquivar los distintos sensores ubicados en toda la casa y, una vez burlados todos, tenía que desactivar la alarma. El problema era que siempre que pasaba por la sala el aparato se ponía a chillar y tras desactivarla salía en pantuflas a darle explicaciones a los vecinos. Disculpen, sólo fue un pequeño incidente, se salió de control. Todas las veces que soñaba con la alarma se despertaba con un profundo sentimiento de apego a la memoria. Luego pensaba en lo bochornoso de tener alarma. ¿Si entro borracho y suena por la noche? Se despierta medio mundo (se despierta ella), explicaciones pastosas, buenas noches mi amor, tres días de indiferencia. Finalmente la alarma nunca lo convenció y poco a poco se fue aferrando a una explicación más intelectual y, por tanto, más cómoda del asunto.


La primera parte de su explicación era racional y lógica, hasta plausible. Él pensaba que era altamente improbable que un ladrón (sujeto que se apropia de lo ajeno para fines prácticos o de lucro) haya sido el autor de los robos porque las cosas desaparecidas eran inútiles en toda su universalidad (velitas usadas, comida para gato, lámpara de plástico, figura de porcelana y cenicero). A decir verdad, había mejores cosas para robar. Ahora bien, si no era un ladrón convencional, podía ser un ladrón que no estuviera en sus cabales. Un ladrón sentimental. Desechó la idea porque sólo unos locos como ellos (él y ella) le podían tener cariño a una lamparita tan fea o unas velas tan roñosas. También pensó que la autora de los robos podía ser ella, pero se amaban mucho como para llegar a ese ámbito de la realidad. Entonces, no había más posibilidades, algo hacía desaparecer las cosas. Ahí se acabó el raciocinio.


Sin vergüenza abrazó todas las ideas que tenían que ver con ese algo. Libros sobre espíritus, Presencias del más allá, Reconociendo a tus muertos y un curioso librito que hablaba de enanos ladrones, de extrañas criaturas esconde-cosas. Devoró con inusitado placer toda la literatura afín. Después de unos meses su formación sobre los algos era óptima para no ser académico. Durante el tiempo que se instruyó desaparecieron otras cosas (una vela púrpura horrible usada tres veces, una pluma de pavo real, un sombrerito mariachi barato que decía México). En un principio se mostró observante ante las pérdidas inexplicables, luego comenzó a hacer guardia en las noches secundado por un incienso barato y progresivamente comenzó a acomodar las desapariciones en extrañas teorías sobrenaturales.


Decía: lo de la vela fue cuando salimos de viaje y cortamos la luz. Entonces los enanos del subsuelo perdieron la iluminación artificial y en protesta (a veces decía: por necesidad) se la robaron. En otras ocasiones explicaba: se robaron equis para recordarnos que nuestras vidas están centradas en los vicios del mundo moderno. Ella lo escuchaba con paciencia. Aún no entendía bien el cambio superficial y radical de su marido: de un oficinista formal a un místico improvisado. Es más, todavía le resultaba extraña la relajación que tuvo la moda de su esposo. De un serio y convencional ropaje de cuarentón (pantalón de tela, polera con cuello, camisa de manga corta, zapatos) pasó a usar una serie de ropa poco formal, de colores, pantalones sueltos, alpargatas. Cuando apareció con una larga túnica ella le dijo que no era necesario. Pero lo amaba. A veces le preguntaba cosas. Hacía como que coqueteaba con la teoría del algo. La verdad es que nunca le creyó del todo. Es más, ella estaba convencida de que el ladrón era de su mundo y en silencio se lamentaba de los tristes e infantiles sueños de su esposo que impedían toda instalación de elementos modernos de seguridad.


Después de un tiempo ella decidió poner a prueba al famoso ladrón de insignificancias (ella siempre creyó que esas cosas, en realidad, valían y servían para algo). Su teoría era simple: un cleptómano no robaría algo empíricamente (indudablemente, absolutamente) inútil (una canica, un clip, un aromatizante de plástico y usado, etcétera), podían estar enfermos de la cabeza pero algo de tacto tenían. Así, una noche dejó su pertenencia más irrisoriamente inútil en la mesa de centro: un frasco de mayonesa McCormick (105 g) lleno de plásticos rotos que alguna vez se propuso pegar. Los dos primeros días el frasco permaneció intacto. Al tercer día desapareció. Ella no lo podía creer. No sospechó del gato, sino de su marido. Lo vigiló un par de veces. Le tendió trampas. Al final terminó por confiar en él. Se amaban mucho como para comenzar una rencilla en el corazón de la familia.


Con el tiempo ella se hizo una ferviente creyente de los enanos ladrones. Su esposo recibió con júbilo la noticia de que ella se adhería a sus postulados que con religiosidad inusitada había defendido las últimas semanas. Ambos los llamaban los enanos-fabula. O simplemente, los fábulas. Los llamaban así porque de cada robo extraían una moraleja. Ella a veces gritaba desde el primer piso: mi amor, hay que dejar de comer tantos productos del mar, o, mi amor, nada de echarle mucha sal a la comida, nos va a dar hipertensión de viejos, etcétera. Poco faltó para que los indecentes enanos fueran parte de la joven familia. A veces discutían sobre ellos. Hablaban de su futuro. ¿Qué harán cuando no queda nada insignificante en esta casa? ¿Qué harán cuando no tengamos nada qué aprender? Se quedaban en silencio mirándose a los ojos. Se tomaban de la mano. Se besaban en la frente.


Así pasaron los días. Ambos se acostumbraron a las desapariciones. A veces se sentían felices de que las cosas insignificantes desaparecieran. Primero porque creían que a los enanos les servirían para su vida cotidiana. Después porque consideraban que botar ese tipo de cosas era un acto hasta inútil o muy digno para la insignificante naturaleza de las cosas perdidas. Discutían sobre la enseñanza de la última desaparición. Diseñaban planes de conducta colectiva. Se besaban. Hablaban de los enanos con regularidad. Nunca nadie les dijo nada, nunca cambiaron de idea. Siempre creyeron en los fábulas.


Después de un tiempo comenzaron a desaparecer las cosas de valor: el sobre con el sueldo de él, libros valiosos de ella, un aparatoso y práctico juego de llaves inglesas, copas de plata, películas originales, aparatos electrónicos y otras cosas. Ellos sonreían resignados. Comentaban el buen gusto y el tacto renovado de los enanos. Así, con delicadeza y sin saltos bruscos, empecé a robar cosas de valor, nunca corrí riesgos, nunca llegaron ellos a preocuparse en lo absoluto.





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3 comentarios

  1. impresionante, compadre roberto.

    de verdad, impresionante.

    Posted on julio 19, 2009 1:45 a. m.

     
  2. CULA!! opina:

    muy bueno... me gustó muchisimo... el final inesperado siempre ha sido de mi completo agrado... esto me deja una analogía-moraleja un poco forzada pero se las contaré porque un poco de eso se trata y no solo decir... ah! que bonito escribes...

    he visto este tipo de actitud en la vida politica y comercial, comienzan con cosas insignificantes como por ejemplo las donaciones en los supermercados o los 200 pesos de más en la cuenta del agua o luz. despues de un tiempo estos actos pasan a ser de lo más normales y hasta lícitos, y así todo va avanzando hasta que nos roban y roban y seguimos felices y agradeciendoles por sus robos...

    nose si sea eso... y no pretendo saber tampoco el sentido original del texto... porque lo mataría...

    saludos... compare roerto

    Posted on julio 23, 2009 3:01 p. m.

     
  3. Roberto opina:

    buen comentario compare cula!

    Posted on julio 24, 2009 1:38 a. m.